Crónica: el deficiente sonido empaña la actuación de Linkin Park – Madrid – Junio 2026

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LINKIN PARK

RIVAS – 23 JUNIO 2025

AUDITORIO MIGUEL RÍOS

Llamadme antiguo, nostálgico, carcamal o lo que queráis, pero hubo un tiempo en el que los mejores sitios de un concierto se ganaban a base de paciencia, horas de cola o una carrera desesperada al abrir puertas. Hoy, en cambio, la industria, y su capitalismo salvaje, ha descubierto que también puede monetizar la cercanía al escenario, y los front rows, zonas VIP y demás inventos han convertido algo que antes se conquistaba en un producto más a la venta.

En esa espiral de codicia, la obsesión por rentabilizar cada metro cuadrado tampoco ayuda. Las pistas aparecen cada vez más compartimentadas y saturadas, reduciendo la movilidad del público hasta extremos absurdos. Cuando las condiciones son esas, la experiencia termina difuminándose y lograr una visión mínimamente decente del escenario parece exigir poderes sobrenaturales.

Siendo consciente de que este tipo de eventos multitudinarios tienen mala prensa y generan muchas molestias a los vecinos de las zonas donde se celebran, no tiene sentido reunir a 30.000 personas para que se fumen un tercio o más de la actuación con un volumen clara y objetivamente insuficiente. Se puede aceptar una larga espera, precios elevados o incluso ciertas incomodidades inherentes a un evento de estas dimensiones. Lo que resulta mucho más difícil de justificar es no escuchar a la banda por la que has pagado una entrada considerable. Durante buena parte del concierto, los gritos de «¡No se oye!» o «¡Subid el volumen!» fueron tan protagonistas como la propia música.

¿Es posible abstraerse de este circo y aún así disfrutar? ¿Son estas condiciones dignas para una banda como Linkin Park? Supongo que cuando la banda ha formado parte de la banda sonora de tu adolescencia, haces de tripas corazón e intentas gozar, pero no todo es posible, y no a este precio.

Aparentemente ajenos a estos problemas, Linkin Park ofreció un espectáculo visualmente potente, con omnipresencia de pantallas, confeti, láseres y demás parafernalia, con secciones de intensidad variable donde se alternaban hits super coreados -menos mal, porque así al menos se escuchaba la voz de alguien- y otros más grises y descastados que servían de material de relleno.

Aunque con el paso del tiempo, el sonido mejoró ligeramente, buena parte del show quedó deslucido por los graves problemas de sonido, con voces casi ausentes entre tanta deficiencia decibélica (sobre todo la de Emily). Incluso las partes en que intentaban hablar con el público, resultaban del todo ininteligibles.

Pese a todo, hay algún momento de comunión masiva, como el grito rabioso de Emily al comienzo de «One Step Closer», o los catárticos «Numb» o un «In The End» donde volvió a hacerse evidente la difícil comparación con Chester Bennington, una sombra imposible de esquivar para cualquier cantante que ocupe hoy ese puesto. Sin embargo, en los temas de «From Zero» Emily Armstrong se mostró mucho más cómoda y convincente.

Linkin Park ofreció lo que estaba en su mano ofrecer. El problema fue todo lo que rodeó al concierto. Ni una banda de este calibre ni las decenas de miles de personas que acudieron a verla merecían un contexto tan mejorable. Si estos macro eventos han llegado para quedarse, quizá haya llegado también el momento de replantear cómo se organizan. Porque llenar un recinto es importante; conseguir que quienes están dentro disfruten de verdad debería serlo todavía más.

Juan José Díez

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