Kamelot – Dark Asylum
Napalm Records
9/10
Bienvenidos a RavenHill: Kamelot vuelve a abrir las puertas de la oscuridad
Hay algo profundamente hipnótico en entrar en un disco de Kamelot. No es únicamente cuestión de metal, de grandes melodías o de esa combinación entre power, progresivo y sinfonismo que la banda lleva más de tres décadas perfeccionando. Kamelot siempre ha construido lugares. Mundos en los que la música funciona como arquitectura, donde las guitarras son pasillos, los teclados son sombras y la voz de Tommy Karevik parece contarnos una historia desde el otro lado de una puerta que quizá no deberíamos abrir.
Con Dark Asylum, esa puerta conduce hasta RavenHill Asylum, una institución de estética neovictoriana construida originalmente como catedral y convertida posteriormente en un lugar donde ciencia, fe y locura conviven de manera inquietante. Es el escenario perfecto para una banda que lleva años demostrando una fascinación casi enfermiza por la oscuridad, la psicología y las zonas grises del alma humana.
Y lo primero que debo decir, desde la perspectiva de alguien que lleva mucho tiempo siguiendo a Kamelot, es que este disco me ha devuelto esa sensación de fascinación que esperaba encontrar.
Dark Asylum es el decimocuarto álbum de estudio de la banda y llega después de una trayectoria en la que Haven, The Shadow Theory y The Awakening demostraron que Kamelot sigue ocupando un lugar privilegiado dentro del metal melódico contemporáneo. Pero aquí hay una diferencia importante: el grupo parece haber recuperado parte de aquella dimensión teatral y progresiva que hacía que sus discos no fueran simplemente colecciones de canciones, sino auténticos viajes.
Una producción donde cada sombra tiene su lugar
«Sanctorium» abre las puertas con apenas minuto y medio de atmósfera cinematográfica. No necesita más. Es la respiración previa al descenso.
Entonces aparece «Ashen World», y Kamelot vuelve a hacer aquello que tan bien sabe hacer, que es construir un estribillo gigantesco sin sacrificar elegancia. Thomas Youngblood trabaja unas guitarras expresivas que conviven con una orquestación extraordinariamente cuidada, mientras Karevik se mueve entre la intimidad y ese registro alto que se ha convertido en una de sus principales señas de identidad.
Y aquí aparece la primera colaboración importante. Ignacia Fernández, vocalista de Decessus, aporta una dimensión mucho más etérea y oscura. Su intervención no parece diseñada para generar simplemente el habitual «momento featuring»; su voz funciona como una presencia sobrenatural dentro del relato. Es una diferencia sutil, pero importante.
La canción que da título al álbum, «Dark Asylum», no necesita invitados para funcionar. De hecho, es una de las pruebas más claras de que Kamelot sigue siendo capaz de sostener por sí mismo toda la arquitectura conceptual. El tema se mueve entre oscuridad, dramatismo y melodía con una naturalidad casi obscena. Aquí Tommy Karevik está especialmente inspirado, manejando las dinámicas con una interpretación que va de la fragilidad al poder sin necesidad de sobreactuar.
Pero es «Sanctuary» donde el disco alcanza uno de sus grandes momentos. La participación conjunta de Clémentine Delauney e Ignacia Fernández convierte la canción en un auténtico diálogo vocal. Delauney aporta su característico carácter lírico y elegante, mientras Ignacia introduce una dimensión más áspera y espectral. El contraste entre las tres voces transforma el tema en algo mucho más grande que un simple dueto.
Tobias Sammet entra en el asilo
Y entonces llega uno de esos momentos que cualquier seguidor del metal europeo va a disfrutar especialmente: «One Last Masquerade», con Tobias Sammet.
La colaboración tiene todo el sentido del mundo. Sammet y Kamelot comparten una misma concepción teatral del metal, pero sus personalidades son suficientemente diferentes como para que el encuentro resulte interesante. Tobias introduce una voz más narrativa, teatral y ligeramente canallesca, mientras Karevik mantiene el equilibrio melódico. El resultado parece sacado de una representación de metal gótico en la que cada personaje conoce su papel.
La instrumentación tampoco se queda atrás. El diálogo entre las guitarras de Youngblood y los teclados de Oliver Palotai aporta una dimensión casi operística, mientras la orquestación envuelve el conjunto sin convertirlo en una masa barroca.
Después, «Ivy, My Dear» profundiza en la faceta más misteriosa del álbum, mientras «Godlike Alchemy» recupera una mayor pegada y demuestra que la banda sigue sabiendo escribir metal directo sin renunciar a la sofisticación.
«The Sleeping Mind (Orphic Paradigm)» vuelve a introducir ese componente psicológico que atraviesa todo el concepto, y «Kaleidoscope» juega precisamente con esa sensación de realidad fragmentada que define el universo de RavenHill.
La segunda mitad de Dark Asylum mantiene intacta la dimensión narrativa del álbum. «Enigma (Think of Me)» recupera el carácter épico y melódico de Kamelot, mientras «Cassandra’s Disease» concentra esa teatralidad en una composición más directa y compacta. Pero es «Beneath the Moon (Tunglið)» la que aporta uno de los momentos más especiales gracias a Rannveig Sif Sigurðardóttir, Sólveig Sara Leupold y Lea-Sophie Fischer, cuyas voces crean una pausa coral, casi ritual, que amplía enormemente la atmósfera del disco.
Después, «The Puppet King» recupera la oscuridad y el componente teatral antes de que «Sanctum Requiem» cierre el álbum a modo de epílogo. Más que buscar otro gran golpe final, Kamelot deja que la historia se apague lentamente. Estos cinco cortes son fundamentales para que Dark Asylum funcione como una obra completa.
Kamelot sigue haciendo de la oscuridad un lugar hermoso
Hay algo que me resulta especialmente reconfortante en Dark Asylum, y es que Kamelot no intenta ser más modernos de lo que necesita ser.
La producción de Sascha Paeth, con Jacob Hansen encargado de mezcla y masterización, permite que todo tenga una dimensión enorme pero perfectamente definida. Las guitarras conservan cuerpo, los teclados tienen profundidad, las orquestaciones no sepultan a la banda y la batería de Alex Landenburg mantiene el músculo necesario para que tanta teatralidad no convierta el álbum en una banda sonora con guitarras.
Y luego está Tommy Karevik (ay! Tommy…).
Su evolución al frente de Kamelot sigue siendo uno de los grandes argumentos de la banda. No intenta imitar a nadie ni competir con el pasado. Su voz se ha convertido en una herramienta narrativa, y es que puede ser cálida, melancólica, majestuosa o frágil dependiendo de lo que la canción necesite.
Por eso Dark Asylum funciona especialmente bien cuando se escucha como una obra completa. No quiero quedarme únicamente con los estribillos, aunque algunos sean extraordinarios. Quiero volver a entrar en RavenHill. Quiero recorrer esos pasillos. Quiero escuchar qué hay detrás de la siguiente puerta.
Porque esa es la verdadera magia de Kamelot. Construyen lugares en los que la oscuridad resulta extrañamente hermosa.
Y después de tantos años siguiendo sus pasos, Dark Asylum me deja algo que valoro muchísimo más que la simple nostalgia… ganas de volver a perderme dentro de un disco de Kamelot.