Judas Priest + Airbourne + Dirkshneider
Roig Arena, Valencia
20 de agosto de 2026
Organiza: Madness Live
¿Sabes esos conciertos a los que una llega con la admiración de quien lleva años siguiendo a una banda y sale de ellos con una certeza renovada?, pues eso fue lo que me pasó el pasado jueves en el Roig Arena de Valencia. Judas Priest no solo ofrecieron un concierto magnífico, algo a lo que nos tienen acostumbrados últimamente en todas sus visitas a nuestro país, si no que demostraron que, después de más de cinco décadas de carrera, todavía pueden mirar de frente a su propio legado y salir victoriosos.
La noche comenzó con U.D.O., comandados por Dirkschneider, descargando una colección de himnos de heavy metal que sirvió como aperitivo perfecto. El alemán mantiene una presencia escénica imponente y una voz que continúa siendo inmediatamente reconocible. Fue una actuación de esas que no necesitan demasiadas explicaciones con clásicos, actitud y metal en estado puro.
Después llegaron Airbourne para poner el pabellón patas arriba. Si hubiera que resumir su concierto en una sola palabra sería energía. Joel O’Keeffe volvió a comportarse como si el escenario fuera demasiado pequeño para contenerlo: cerveza en dirección al público, carreras, saltos y ese momento ya convertido en tradición en el que, a hombros de un miembro del equipo, pero empecemos por el principio…
U.D.O. y un puñado de himnos para abrir la noche
Como veníamos diciendo, Dirkschneider ofrecieron una auténtica lección de heavy metal clásico. Con Udo al frente, la banda apostó por un repertorio que no necesitaba presentación y que fue directo al corazón de quienes crecieron con los grandes himnos del género.
El arranque con “Fast as a Shark” dejó claro desde el primer segundo que aquello iba a ser una celebración de la historia del heavy metal. “Living for Tonite”, “Midnight Mover” y “Breaker” mantuvieron la intensidad, mientras “Metal Heart” provocó una de las primeras grandes respuestas de la noche.
La segunda mitad del concierto fue todavía más especial, con “Up to the Limit”, “Princess of the Dawn” y, como inevitable colofón, “Balls to the Wall”. Dirkschneider sigue poseyendo una personalidad vocal absolutamente reconocible y una manera de interpretar estos clásicos que evita convertirlos en piezas de museo. No hubo grandes artificios, simplemente una banda perfectamente engrasada, un puñado de canciones inmortales y un público dispuesto a cantarlas todas.
Un aperitivo de lujo para una noche destinada a convertirse en una celebración del heavy metal.
Airbourne, rock’n’roll que no sabe estarse quieto
Si U.D.O. representaron la tradición, Airbourne llegaron para recordarnos que el rock’n’roll también consiste en perder completamente el control. El cuarteto australiano convirtió el Roig Arena en un polvorín desde “GUTSY”, enlazando después “Too Much, Too Young, Too Fast” y “Hungry” con una energía que parecía incompatible con el tamaño del recinto.
Joel O’Keeffe volvió a demostrar que es uno de los frontman más imprevisibles del rock actual. En “Back in the Game”, la locura alcanzó otro nivel cuando el vocalista abandonó el escenario, recorrió la sala a hombros de un miembro del equipo y, en medio del público, terminó abriendo una lata de cerveza a cabezazos. Es absurdo, innecesario y completamente Airbourne. Precisamente por eso funciona.
Después llegaron “Raise the Flag”, “Breakin’ Outta Hell”, “Live It Up” y “Ready to Rock”, manteniendo una intensidad que apenas permitió respirar. Y cuando parecía que ya no podían subir más las revoluciones, “Runnin’ Wild” puso el broche perfecto.
Airbourne no buscan sutilezas, lo que buscan es que el público salga exhausto, sudado y con una sonrisa. Y en Valencia lo consiguieron con matrícula.
Y entonces llegaron los Metal Gods
El arranque con «You’ve Got Another Thing Comin'», seguido de «Metal Gods» y «Breaking the Law», fue toda declaración de intenciones que dejaba más que claro que no había calentamiento posible. Y, por supuesto, desde el primer minuto, el público estaba dentro del concierto. Lo que ocurrió después fue una auténtica celebración de la historia del heavy metal.
«The Ripper», «The Sentinel», «Desert Plains» y «Lightning Strike» mostraron una banda extraordinariamente compacta. Las guitarras de Richie Faulkner y Andy Sneap sonaron precisas y poderosas, mientras la sección rítmica mantenía ese equilibrio entre contundencia y elegancia que Judas Priest ha convertido en una de sus señas de identidad.
Pero si hubo una persona que me dejó especialmente sorprendida fue Rob Halford. O no.
Después de tantos años, resulta casi absurdo seguir hablando de él en términos de «estado de forma». Y, sin embargo, hay que hacerlo. Halford está posiblemente atravesando uno de sus mejores momentos vocales de los últimos años. Su voz conserva ese filo metálico inconfundible, pero además está administrando sus registros con una inteligencia extraordinaria. No intenta demostrar constantemente que puede hacerlo todo; selecciona cuándo apretar, cuándo sostener una nota y cuándo dejar que el peso de una frase recaiga en su interpretación.
Y cuando llegaron «Turbo Lover», «Steeler» y «Delivering the Goods», quedó claro que aquello no era simplemente nostalgia. Judas Priest estaban tocando como una banda viva, presente y plenamente consciente de lo que todavía pueden ofrecer.
«Panic Attack» demostró además que el material más reciente puede convivir sin complejos con los clásicos. Y entonces llegó «Victim of Changes», uno de esos momentos en los que el tiempo parece desaparecer. Halford volvió a enfrentarse a una canción vocalmente exigente con una solvencia que, sinceramente, sigue sorprendiendo. Y sí, muchos me diréis que lleva voces de soporte pregrabadas, pero sinceramente, me parecen una pequeña muleta para engrosar lo que él ya hace sin necesidad de ayudas.
La recta final fue directamente demoledora con «Halls of Valhalla», «Painkiller» y, tras una breve pausa, «Electric Eye», «Hell Bent for Leather», con esa mitiquísima entrada de Halford sobre la moto, y «Living After Midnight». El público cantó, gritó y celebró cada acorde como si estuviera asistiendo a una ceremonia colectiva.
Salí del Roig Arena con esa sensación tan difícil de explicar que dejan los grandes conciertos, donde el sentimiento que predomina es la gratitud de haber presenciado algo que pertenece a la historia de la música, pero que sigue ocurriendo delante de nuestros ojos.
Judas Priest no necesitan demostrar que son leyenda, porque eso está escrito desde hace décadas. Lo extraordinario es que siguen teniendo presente y, claramente, viendo lo del jueves, futuro.
Y Rob Halford, con su voz, su presencia y esa personalidad que parece no haber aprendido jamás lo que significa envejecer sobre un escenario, volvió a recordarnos que algunas leyendas no viven del pasado, si no que siguen haciendo historia.
Por Irene Kilmister.